Destrucción de sí mismo para crear
Gianni Grondona Rodriguez
Gianni.grondona@postgradofilosofia.cl
Así, dicen los poetas, pues pretendió
ver al dios, su rayo cayó sobre la casa de Sémele,
y la alcanzada por el dios alumbró
al fruto de la tormenta, al sagrado Baco
Y por eso los hijos de la tierra beben ahora
sin peligro el fuego celestial.
Mas a nosotros, oh poetas, nos corresponde
estar bajo las tormentas del dios, con la cabeza desuda,
coger con las propias manos el rayo del Padre,
cogerlo a él mismo,
y decir al pueblo con el canto el don celestial.
Pues si nuestros corazones son puros
y nosotros, como niños, tenemos manos inocentes,
el rayo puro del Padre abrasará
y profundamente sacudidos, sufriendo las penas
del fuerte, nuestro corazón permanecerá firme
en las tempestades del dios, cuando él se acerca.
Resumen: la destrucción del hombre como creador, en su misión como poeta, como artista de mitificar, de crear cultos para la presencia del dios ante él. Es la imagen del dios Dioniso con su presencia de la naturaleza, con la presencia de la multiplicidad, de lo unificador dentro del devenir, pero con la presencia del hombre como poseedor del don divino que le permite identificarlo. Destrucción que lo acoge en un mundo hostil y terrorífico que lo sitúa en la locura, pero que también en la sanidad, en la muerte y en la vida, pero en volar, bailar, luchar y pugnar con lo establecido y quieto, con los obedientes en imágenes, en ídolos franqueados por la esencia, las ideas y la razón de lo transmundano. Es el hombre en locura, en mitificación, en creación de valores, de el niño nuevo que renueva y que baila para como Eróstrato mirar en distancia las cosas para no morir, sino destruir para vivir, lo cual está presente porque se quiere inmiscuir con un mundo horrible y bello, pero que es complejo, pues lo lleva a crear culto y mitos para simpatizar y tener pathos del mundo de la guerra y al fuerza: de la virtu.
Descriptores: virtù, pathos, acontecimiento, naturaleza, destrucción, lucha, singularidad.
Dionisos se presenta como “el dios que viene”[1], es decir, como un dios que desaparecido varias veces, acontece y aparece nuevamente; “... Lo muestran como el que llega, el dios de la epifanía, cuya aparición es mucho más imperiosa y subyugadora que la de cualquier otro dios”[2]. Pero, en realidad estamos presentes ante un dios que es apariencia por antonomasia; es máscara, efigie de algo que es símbolo de otra cosa más, a saber, la presencia de la tierra y lo terrible de las sombras de la naturaleza; esa parte originaria de los dioses griegos, puesto que son sanguinarios y mucho más antiguos que los del Olimpo, por tanto, hay una pugna entre la altura y la bajeza, terreno en el cual se siente cómodo Dioniso, pues en la naturaleza, en la tierra se nos presenta como el niño de cuna y el “cazador sanguinario”[3] (liknites y Zagreo), es decir, se presenta como alguien monstruoso y como alguien sutil que está recién por despertar, en otras palabras, un niño. Así, se nos aparece desde lo más cercano y lejano, porque está ligado al símbolo de alguien que aparece, pero también como algo sin rostro pero con presencia ante nosotros y que es terrorífico. La idea es que Dioniso destruye todo a su paso, incluso así mismo, por lo cual debe ser máscara, saber, representar lo terráqueo, “...por qué ella sola, más que cualquier otra clase de imagen completa, denuncia la presencia más imperiosa para, así, representar a los espíritus que se aproximaban al hombre, pero ante todo el más perturbador de todos, a Dioniso”, eso es la máscara y su relación con lo más originario y aórgico de la naturaleza poderosa y sangrienta, que destroza y rehace en un acontecimiento y un devenir de la tierra. Por tanto, estamos frente a una fuerza que no tiene presencia y proximidad, sino ausencia y distancia, desde un aparecer en un ciclo de ocultación.
Ahora bien, hay una relación entre la aparición próxima y lejana del dios con la nueva mirada que el ser humano debe tener, es decir, una persona más allá de lo bueno y lo malo, una persona que sea noble, que es novedosa, que es un niño, un creador, un tejedor. Nietzsche al respecto nos vislumbra con lo siguiente en relación a la novedad y el niño
“...Inocencia es el niño, y olvido, un nuevo comienzo, un juego, una rueda que se mueve por sí misma, un primer movimiento, un santo decir sí.
Sí, hermanos míos, para el juego del crear se precisa un santo decir sí: el espíritu quiere ahora su voluntad, el retirado del mundo conquista ahora su mundo”[4]
En efecto, para esta transformación es perentorio una transvaloración de todo lo conocido por el hombre, de ir en contra de la corriente, de valorar lo terrenal, la fuerza, el cuerpo, la virtu, pues el hombre quiere decir sí, quiere crear, pero para eso se destroza, lo maldicen, lo desprecian y lo acusan de ir en contra de lo que se aferra el vulgo, vale decir, de las sombras de la decadencia. A propósito Nietzsche nos recuerda lo siguiente: “...El hombre es algo que tiene que ser superado: y por ello tienes que amar tus virtudes, pues perecerás a causa de ellas”[5]. Entonces, el propósito es que a través de Dioniso se entienda que el hombre próximo a la divinidad, pueda seguir los pasos y destruir, como destruirse hacia atrás, desarmar a su paso, desde la apariencia, de la ocultación, pero también desde la muerte de todo lo pasado; de crear y decir quiero, sí a las virtudes del niño.
Para esto es necesario entender que desde el culto y el mito de los hombres con respecto a la divinidad, hace que la naturaleza se identifique con ellos, puesto que hay un puente, una comunicación de las fuerzas individuales; el hombre y la naturaleza necesitan la redención de la divinidad, en otras palabras necesitamos de la cultura, de lo real para mediarnos con las fuerzas creadoras, como son la divinidad y la naturaleza. Es una idea extraída desde el ensayo “Fundamentos para el Empédocles ” de Hölderlin donde alude a la mediación entre lo orgánico y la naturaleza, puesto que llega a argüir que son mismidad entre ellos, es decir, una suerte de unidad, sobre todo dentro de la tragedia, en otras palabras, es que entre la naturaleza y lo orgánico hay una unidad y reciprocidad, por la mezcla entre ellos y sus elementos esenciales, es decir, lo infinito, los impulsos, lo universal, etc., los cuales hacen plenos cuando se reencuentran y se hacen próximos, cuando se hacen íntimos, asunto que luego se transforma, se depone para llegar a uno solo:
“se hacen frente como al comienzo, salvo que la naturaleza se ha hecho más orgánica por medio del hombre, el cual cultiva y forma, y de los impulsos y fuerzas de formación en general, y el hombre, por el contrario, se ha hecho más aórgico, más universal, más infinito”[6]
La idea es que el hombre necesita siempre ser próximo, cercano y, la vez, lejano y ocultarse, distanciarse de las fuerzas de la tierra, pues lo pueden golpear, por la potencia que ello implica, vale decir, la creación de lo novedoso e ir a favor de la naturaleza, ir en su ritmo trágico y terrible; para eso necesitamos ocultarnos, ser apariencia, para no quemarse; simbolizar desde el mito y la divinidad lo terráqueo, que es justamente la proximidad de la fuerzas devoradora y que nos puede aniquilar, para eso es que necesitamos un pacto con lo divino y, mediante, ello, con la naturaleza, porque hay destrucción, pero a través de algo más cercano como es la nobleza de espíritu, para conseguir la lejanía de las sombras y aproximarse a la naturaleza. No obstante, en la unidad con la naturaleza renace un problema, a saber, el conflicto con lo esencial de cada uno, la trasformación de uno en el otro, pero sin vuelta atrás. Entramos entonces en una lucha, con la divinidad, la naturaleza y nosotros mismos, para alcanzar una victoria antes que el cadáver, el cual retoma lo aórgico originario, cosa que nosotros aunque cercanos a ello, no podemos por nuestra esencia impulsiva transformada en tierra. Nietzsche nos dirá al respecto:
“¡Debéis buscar vuestro enemigo, debéis hacer vuestra guerra, y hacerla por vuestros pensamientos! ¡Y si vuestro pensamiento sucumbe, vuestra honestidad debe cantar victoria a causa de ello!
Debéis amar la paz como medio para nuevas guerras...A vosotros no os aconsejo el trabajo, sino la lucha. A vosotros no os aconsejo la paz, sino la victoria ¡Sea vuestro trabajo una lucha, sea vuestra paz una victoria!”[7]
Así, se nos viene encima una vida de estrechez con lo otro y los otros, puesto que queremos transformación, queremos lucha, queremos cuerpo, queremos alcanzar los valores de nobleza y elevación, pero para eso, destrucción de sí-mismo, análisis del mundo y acontecimientos múltiples de lo mítico, lo divino y lo terrenal, pero no en su sentido negativo y fundamentalista, sino destruir para crear, derribar lo establecido, la sombras, los fundamentos, para decir sí al cuerpo y lo humano, a esa fuerza poderosa advenida desde la naturaleza en relación con lo divino.
¿Pero cómo relacionarnos con la naturaleza y la divinidad evitando lo terrible de la tierra y sus espíritus? Porque que no nos suceda lo de Orestes que vengándose de algo que considera justo, los espíritus originarios de la naturaleza lo persiguen para acecharlo y vencerlo en su espiritualidad, porque ha cometido un acto violento en contra de las leyes primigenias de la tierra y su mundo, aunque ya sea de paso que los dioses olímpicos pactan y luchan en contra de los espíritus vengativos y poderosos que representan la naturaleza, la oscuridad, la fuerza, lo originario y terrible de lo antiguo. Lo que se nos viene es luchar, hacer guerra con ella y lo divino, para que transformemos lo esencial de lo humano, de vencer lo que debe poseer afianzamientos y bases a partir de la superación de mirar hacia abajo y atrás; mirar hacia arriba, volar, crear, movilizarse en el ritmo agobiante de la naturaleza: es el acontecimiento sobre nosotros, que dura y no para, que quema y es vertiginoso, ¡lucha, guerra!
Hay dos características que posee Dioniso y que nos abre perspectivas de lucha, a saber, que el mismo dios sufre y padece en gritos (brómos) tribales, en música con tambores, pero también es un cazador sanguinario que es descuartizado-descuartizador, lo cual provoca la liberación a partir de la crueldad, el padecimiento, la embriaguez del dolor que nos acerca a la aniquilación:
“La misma crueldad caracteriza tanto al mito como al culto. Lo sentimos claramente: lo infinito que habita en la embriaguez de la vida amenaza a todos los que se le aproximan con la embriaguez de la aniquilación. ¡Feliz aquel cuyo espíritu se ve aliviado por la influencia de Dioniso como ‘el liberador’ (lisios)...el sentido del mito es que el dios padece en carne propia las monstruosidades que comete. Y lo que el mito narra, lo repite el culto en actos sacrificiales regulares”[8].
El culto y el mito desde la tragedia es el acontecimiento trágico por antonomasia, pues hay una exigencia de destrucción, de aniquilación de lo orgánico y lo aórgico, pues hay sólo uno, pero mediado, vale decir, que la aniquilación de Dionisos cuando niño es la liberación, para renovarse en otro que viene y que tuvo una circunstancia trágico, en el sentido que vuelve a lo aórgico, a la tierra, descuartizado por los titanes, pero vuelve a lo orgánico, a la forma y el impulso de Zagreo, de descuartizador, del horror que es la naturaleza. Empero, lo terrorífico está en que el hombre (como poeta, como artista, músico, filósofo) como ser débil no puede ver al dios, a la divinidad porque quiere utilizar al dios para sus dolores y sufrimientos (como en la tragedia), para expiarse y exculparse por los males cometidos, entonces busca, se acerca, habla, dice a la divinidad, lo cual provoca su destrucción (cazador sanguinario) al no guardar distancia, a no conservar y mantener la divinidad, sino lo contrario:
“Todo esto no quiere decir que la distancia entre el dios y el hombre sea infranqueable, pero sí que no puede ser franqueada por éste, sino sólo por aquél, el dios que se acerca y se manifiesta (y no: es manifestado por el poeta), y que no destruye a los mortales (como le sucedió a Sémele o a Tántalo) si éstos como el poeta, tienen el corazón puro y las manos inocentes”[9].
Los héroes han muerto y han perdido la memoria del recuerdo de la divinidad al desobedecer y porque se han acercado con el cuerpo maculado, con culpa y sufrimiento o porque creían que podrían comunicarse e ir más allá de ellos. Pero el que recibe los dones de la divinidad, por que es mortal y puede quemarse, lo cual nos remite al silencio, al callar, pues ahí se puede recibir al dios:
“...Hölderlin... propugna el silencio hablando...el imposible de un lenguaje que no diga la cosa, sino que se limite a ser medio a través de la cual ésta acontece...un lenguaje que cree realidad al anticiparla poéticamente, pues Hölderlin sabe que esta actitud es hybris. Los dioses, la divinidad o el dios no son invenciones de la palabra poética, sino que existen verdaderamente, aunque por desgracia no pueden ser dichos, esto es, mentados denotativamente o deípticamente; pero pueden ser, digámoslo así, ‘transparentados’. La paradoja, en definitiva, de un lenguaje que no dice la cosa, sino que se limita en su ensimismamiento”[10].
Si vamos a comunicarnos con los dioses o con el dios de las apariencias, debemos decir sí a la destrucción de los valores y de las circunstancias mundanas que bajan la cabeza y que obedecen, debemos ir más allá de las dicotomías, es decir, en el acontecer del mundo, de las multiplicidades de las cosas, escuchar el llamado del dios de la vegetación y elevarse más allá de los valores establecidos por los débiles, a partir de la fuerza, de la virtud y lo corpóreo en el hombre, en fin, si se quiere en esa parte más irracional en nosotros, para transparentarnos y unirnos con la tierra y la naturaleza, pero en unidad con la beldad.
La situación es hasta aquí lo siguiente: el hombre mediante el culto y el mito vislumbra la divinidad, la una arriba, la otra aquí mismo donde moramos, desde allí, hemos creado, hemos elevado lo terrenal para que resuene fuertemente en nuestros corazones, llenándonos de ímpetu y fuerza humana para vincularnos con los dioses terráqueos y con los dioses olímpicos, no obstante lo hacemos desde la distancia, desde la vida hacia lo más humano, lo más corpóreo, lo que es natural al hombre: la voluntad y la inteligencia de una cultura de creación y tierra, de destrucción de todo, de decir sí y no, de lo novedoso versus lo antiguo, de elevarse y volar, de bailar al son de la poesía, la música y el ruido, pero también de silencio ante lo poderoso, pues la distancia en el silencio, provoca que recibamos y anhelemos mediante lo humano la naturaleza poderosa y terrible. Lo lamentable, es que debemos destruirnos a nosotros mismos en el momento de la creación, porque buscamos y creamos a propósito de las mentiras, transvalorando, luchando, en guerra y conflicto para acercarnos a lo que no es dicho, sólo ruido sin lenguaje, sin mácula de los mortales, para que podamos sentir-escuchar e identificar la hollada del dios, en venida y desaparición, en destrucción y composición- armonía, en apariencia desde la máscara, en fin, creando desde el culto y el mito todo un nuevo raigambre desde la tierra, que no es fundamento, pues es ir y venir, cambio de las circunstancias, multiplicidad, acontecimiento venidero de nosotros hacia la divinidad como lo ¡vivo! Y que nos produce no un seguir, sino una inspiración para la nueva cara, desde la cultura del sí, del baile, del volar, desde mirar desde arriba, desde la duración de las cosas de la naturaleza: ¡creación, distancia, silencio!
Ahora bien, hay una experiencia que nos puede ayudar en profundizar en la destrucción como una creación de valores, esto es, la locura de la guerra, de la disonancia de pareceres en el conflicto, que permite la reunión de la naturaleza con lo humano; Dioniso como el que provoca desequilibrio, grito, destrucción, muerte, desamparo, desesperación, desarmonía, puesto que finalmente se vislumbra, se sospecha una construcción de sentido para con la naturaleza, desde la creación, la edificación de momentos durables en el tiempo y la historia; es la unidad de polos opuestos, beldad/fealdad al mismo tiempo, como dos caras de lo mismo/otro, en un encuentro que debe encontrarse y ser recíproco. La idea es que en la poesía, en el trabajo de la poesía como inspiración de huellas históricas, de la naturaleza, de lo humano impulsivo, lo orgánico, hay un paso hacia la eternidad/finitud que debemos recorrer para alcanzar la luz de la divinidad originaria que es la tierra y sus secretos dichos; es la verdad de la poesía que se exuda, se exprime en la llegada del dios de lo vivo, como presencia-ocultación.-ausencia trágica. La tragedia es celebración de algo que debe decirse con el ritmo de la naturaleza, debe crearse sin decirse, porque extraeríamos las leyes divina originales en pos de inmacularnos, lo cual está prohibido, pues es muerte, persecución de los espíritus que poseen un curso de las cosas desde la muerte y el dolor de aquellos que vulneren la paz de lo terrenal, lo antiguo del bosque. Me refiero a que la poesía posee don divino que recoge y transmite en lugares comunes existiendo, fuera de él, hacia lo otro; escindirse de lo recibido por lo divino y plasmarlo desde la filosofía, como creación de conceptos, término de Deleuze. En efecto, el culto divino, el mito, pero conceptualizarlo desde una perspectiva de construcción de sentidos, en palabras de Píndaro, un sophos-poeta, que escucha y dice, pero para él, sólo, porque no puede decirlo. ¿Cómo lo decimos para salir de la soledad del poema? Desde Dioniso como lo otro, como lo fuera en sí mismo, por antonomasia. Tener la vida en nosotros por la divinidad, pero en apariencia de máscara, como lo que es no siendo algo; desde el texto, desde la escritura-traducción de aquello que creamos para dar cabida a la vida misma, en un pathos distante y de vida. Es la creación de quehaceres, de las pugnas de la historia que une lo aórgico con lo orgánico[11], es decir, una dialéctica que une ambos para que se pueda aprehender desde el sentimiento, lo humano y lo divino en la tragedia como movimiento, como creación de sentidos íntimos y que nos dice mucho de los acontecimientos. Es la sucesión en duración pero como pathos, como conciencia del hecho que ocurre, ahí fuera de nosotros, por eso no tiene que ver con los dolores humanos, sino con el suceso mismo ahí fuera, otredad.
La locura de que hablo desde el dios de lo natural acaece en nosotros como creadores cuando intuimos mediante la voluntad y la inteligencia por el hecho de querer ser dioses sin ellos, es decir, en el destino trágico divino-natural, es decir, la muerte. Lo temerario de expresar lo inexpresable, en estetizar la oscura locura: desear ser dios y morir para esto afirmando ser dios:
“más pernicioso que la espada y el fuego es el espíritu del hombre, semejante al de los dioses, cuando no sabe callar ni mantener sin desvelar su secreto (…) ¡Fuera el que pone al descubierto su alma y sus dioses! Temerario quiere expresar lo inexpresable y derrama y prodiga su peligrosos bien como si fuera agua; y esto es peor que el crimen…”[12].
Es la locura del dios Dioniso como liberador (Lísios) y como cazador (Zagreo), que espanta por lo atroz que significa la muerte y el destruirse, en la embriaguez de la actos sanguinarios, de los actos de desamparo, de desarraigo de los terrenos de raigambre terrenales, de polvo, bosques, agua, lluvia, etc., me refiero a que es muerte-fertilidad, vida/muerte, es desenfreno, baile, vida, dispensador de vino, amante, el que llena de gracias, pero al mismo tiempo es sanguinario, cazador, muerte, escisión, destrucción, vengador. Es un dios que está en todos lados donde está la naturaleza, puesto que ella hace emerger, pero también perecer las cosas por su ritmo cadencioso, de cambio, de multiplicidades, de recovecos que duran, que están siempre, lo cual hace pagar a quien en el culto y el mito no permite que reciba los dones, que se pierda en la adoración de razones, de los dogmas, de decir sí y no, de agachar la cabeza por lo que no es de acá, es decir, de lo terrenal, de energeia que fluye y cambia y se convierte, de lo humano, lo instintivo de la razón de la sin razón, de lo que no acata a lo transmundano, en una palabra, tierra/mundo. Es una imagen del mundo trágico, de lo horroroso del mundo animal y terrenal, donde suceden las cosas, lo cual se entiende desde el arte y sus imágenes, porque no se puede decir, se muestra, se siente y escucha, se vive, pathos.
Lo que sucede, por tanto, es que un retorno, si somos carniceros somos presa de la destrucción, por tanto hay que temer, sentir pavor si nos negamos a ser parte de la dinámica del mundo natural antiguo, desde donde todo es y que se entrega al hombre para que aprecie la divinidad de los espíritus y seres de la muerte:
“…Dioniso es el dios frenético… la pregunta por el significado de la demencia divina…¡Un dios furibundo! ¡Un dios de cuya esencia forma parte la demencia! ¿Qué habrán vivido o visto estos hombres para que una noción tan monstruosa se abriese paso en sus mentes?
El rostro de cualquier dios auténtico es el rostro del mundo. Un dios demente sólo puede existir si hay un mundo loco que se revela a través de él. ¿Dónde está ese mundo? ¿Podemos aún encontrarlo, reconocerlo? Nadie puede ayudarnos a hacerlo más que el propio dios.
Lo conocemos como el espíritu salvaje de la contradicción y los opuestos: existencia inmediata y lejanía absoluta, bendición y espanto, plenitud y cruel aniquilación. También la bondad de su esencia, lo creativo, propiciador de bienes, y la fascinación, participan en su salvajismo y en su demencia”[13] .
Así, vislumbramos, oímos que el asunto de la locura es por los opuestos unidos, es por la locura y la duplicidad de todo lo mundano desde el punto de vista ‘impulsivo’, ‘instintivo’, ‘animalezco’, tierra, agua, lo puro, originario, etc., lo cual muestra un terreno netamente terrible, puesto que es lo que preexiste, lo que está en eterno cambio, perece-muere, sucede a un ritmo frenético, como Dioniso, como el ruido, el bosque, el mar, como las profundidades misma de la tierra, como lo terrible del magma candente, donde no podemos inmiscuirnos y si o hacemos pagamos el precio de la muerte, a destrucción, la deformidad, por lo mismo, hay que escucharla y seguir su ritmo, no como los decadentes y la chusma que sigue lo que no es de la tierra o las ideas absolutas y dogmáticas, sino como una recepción a partir de los dioses en el culto y el mito. Por eso le celebramos, nos enfiestamos, hacemos ritos para con la tierra. Es una experiencia de vida que nos acerca a la muerte en el pathos de la vida, pues en la naturaleza como ya he mencionado hay muerte y vida, movimiento y quietud, demencia y sanidad o salud, pero nada en eternidad y quietud, pero si es un todo, una unidad que es distinta en si misma, una diversidad de sucesos, circunstancia, espectros y monstruos terroríficos. En efecto, si esto no produce locura en quien quiere entrometerse y vivirlo, no hay un inmiscuirse, no hay pathos, no existe la armonía con la naturaleza, el culto y el mito del poeta que padece la vitalidad estremecedora: esta es la locura, es la destrucción, el sinsentido de la naturaleza, lo cual permite si una renovación, una vitalidad arrolladora, un torbellino de sucesos que están en un flujo de espiral y que nos lleva hacia el meollo de la vida. Por eso la imagen de Dionisos y los seres que lo ayudan, que incluso llegan a la autodestrucción, no en el sentido de suicidio, sino en el asesinato, en el descuartizamiento de sus propios hijos o con los animales para el sacrificio del dios. Hay, en toda la naturaleza una inestabilidad del vivir, un cambio y una calidad abismal en los que se acercan a convivir, a simpatizar, a empatizar y padecer la naturaleza. En convivir con la máscara, con la ocultación, con el desarraigo, la duplicidad, la distancia y la proximidad: en lo otro que retorna uno, pero que es otro.
Así, estamos presente ante lo primigenio, ante lo originario que escinde al hombre y lo sitúa en plena dinámica vital de la naturaleza, en el rayo de la vida, en un socavamiento de las bases de todo lo racional y lógico, donde podemos socorrernos cual pilares, cual salvavidas de una idea, de una representación de algo que es transmundano. Es un socavamiento de la vida misma, inmersa en los brazos lánguidos y furibundos de la muerte. Pues todo en la tierra es un parto, que implica vida y muerte, que nos remite a diferencia que se pliegan y que provocan trizaduras en mismo quehacer del momento, de la circunstancia, un ruido terrible, un movimiento oscilante, un pueril rayo que es incipiente, pero que daña y trastoca, toca la humanidad y el ser humano, desde su vida y su pasar por el mundo: una pesadilla surrealista de nunca acabar y transformada en sueños terroríficos transformados, en revés, sin sentido, sin formas: pathos.
Finalmente, a modo de mostrar el trasfondo de lo mundano hay que escuchar el llamado del espíritu libre que es creador y que se acerca a lo más sencillo y pueril, es decir, el niño, el creador, el que les saca la esencia y el revés a las cosas. El que derriba valores y los trastoca con el camino tortuoso del cambio a lo instintivo, intuitivo e impulsivo de o más humano, de lo más cercano al hombre, puesto que ahí la figura cambia, ya no es sólo una actitud poética y divina, sino asimismo una experiencia de vida que nos lleva a simpatizar, a empatizar lo que olemos, a lo que sentimos y sentimos, porque queremos cambio, quereos que emerja los ruidos de la tierra, lo cual es tortuoso y terrible, puesto que los ven como locos sin un norte, como menospreciadores, no como menospreciadores del dogma y vividores, sino como negadores de la vida. Por esto hay que trastocar las consciencias y las experiencias vitales humanas: hay que transvalorar todo lo que es chusma, lo que es amante de lo negador de vida y seguidores de ídolos: pura destrucción vital.
Para esta resonancia, para esta trizadura que parece esencial, queremos superarnos, queremos implantar valores humanos, crearlos por encima de los otros, ser mejores que los otros, desde lo más humano, desde la fuerza, desde la derrota del otro, desde la guerra, desde la enemistad. Hay que subir por sobre todo lo establecido y derruir sus cimientos para colocar allí lo terrenal, la fuerza y virtu más sanguinaria, donde los medios vayan increscendo para conseguir un cambio en pos de la ubicación de los valores más humanos y no reproducciones e iconos de un mundo más allá de lo material y físico; un mundo por antonomasia, que resuene y que duela para sentir, para padecerlo, pero también para disfrutar, decir sí a este mundo y no a la vez, pero no sí y no, no más dicotomía, no más falsas representaciones de lo humano y sí, valores humanos, ascender montañas, bailar, volar, aniquilar la mala conciencia y exhibir la buena conciencia, es decir, el placer de la buena conciencia, el mostrar virtudes, el amor a ello. Pero ¿a que llamamos virtudes en estas instancias?
“Mas, semejante al hocico del jabalí, mi palabra debe desgarrar el fondo de vuestras almas; reja de arado quiero ser para vosotros.
Todos los secretos de vuestro fondo deben salir a la luz; y cuando vosotros yasgáis al sol hozados y destrozados, entonces también vuestra mentira estará separada de vuestra verdad.
Pues ésta es vuestra verdad: sois demasiado limpios para la suciedad de estas palabras: venganza, castigo, recompensa, retribución”[14].
El sí-mismo, el yo, el arrebato dionisiaco, la dualidad terrible en unidad, eso es lo que los hombres virtuosos les adviene por la gracia de lo humano. La virtud en este sentido nos dirige a aniquilaciones que creen ser humanas como ‘convulsiones bajo un látigo’, el adormilamiento, los derrotados, los bajos, los vulgares, los que se arrastran, los perezosos, los que cargadores de pesos, los marcadores de tarjetas, etc, toda una mala fe, una mala conciencia en pos de admiraciones y de invenciones, de idolatría y fe cristiana hacia una figura en representación. No obstante lo que pretendemos teniendo en consideración siempre la creación y lo nuevo, es el ser humano, la acción de mostrar desafíos a la humanidad; o que debemos hacer para que la destrucción no les parezca a ellos negatividad, nihilismo, es decir, sí a lo humano, a crear, a tener fe en la naturaleza y lo que podamos concebir y realizar, puesto que en el acontecimiento mucho se puede hacer, mucho y de diversas maneras, pero por sobre todas las cosas, distancia, lejanía, acción, creación, destrucción, aniquilamiento en la fuerza humana desde lo divino, pero teniendo en consideración el sí-mismo; es la experiencia traspasada de vivencias y quehaceres para sentir lo otro, para mí, pero al mismo tiempo, con lo otro. Decir sí a la concepción de la poiesis, en el acontecimiento que existe, pero que está por hacerse, sin embargo, es concreto y patente;: y no, al mismo tiempo, a la reacción, a la organización, a la quietud y la flojera en creer por convencerse que será lo mejor porque nos asegura, nos convence que es la verdad, que es un sino donde podemos descansar y aferrarnos y luego creer, luego crear religiones y no padecer lo que se está viviendo. Es la manera de ver de los dogmáticos, del hombre que no surge por la heráldica propia, sino la de los otros, en una infranqueable dicotomía.
En conclusión, el ser humano tiene que renovarse, pero para eso quiere construir, proponer mirar más allá de los valores impuestos y asentados por mucho tiempo, destruir y destruirse, más allá del bien y el mal, más allá de las fronteras, de los dioses, lo cual nos permite franquear la divinidad desde el estadio de la naturaleza y sus seres, entre los cuales nos inscribimos y somos parte decisiva y resolutiva. En el advenimiento de nuevos tiempos, en valores propuestos por la fuerza, la lucha, el sudor, la vida y la muerte, pues lo que está pugna aquí somos los que vamos hacia la transformación diversa de los menesteres humanos. Somos superación, somos voluntades e inteligencias (Aguila y serpiente), somos niños, somos devenires, conversiones y que padecemos sufrimientos para mediar las atrocidades, por eso estamos concientes de la destrucción del hombre para el hombre y por el hombre. En efecto, este es un camino de vida, de voluntad a la manera de experimentar este cambio de mirada, el escuchar, oír, oler, degustar una voluntad de vida, porque lo excelso de la vida está en que podemos destruirnos para crear y destruir lo otro que es establecimiento eterno, ideas, representaciones; destrucción falsa, falsificaciones conceptuales, reveses de lo humano como humano, pero lo que hacemos es trasvalorar, falsear lo ya negativo, por tanto, lo que nos adviene como creadores, como humanos es el arriesgar, es decir, la destrucción para adentrarnos en el corazón de la vida:
“Ésta es la entrega de o máximo, el ser riesgo y peligro y un juego de dados con la muerte.
Y donde hay inmolación y servicios y miradas de amor: allí también voluntad de ser señor. Por caminos tortuosos se desliza lo más débil hasta el castillo y hasta el corazón del más poderoso – y le roba poder.
Y este misterio me ha confiado la vida misma. “Mira, dijo, yo soy lo que tiene que superarse siempre a sí mismo…””[15]
En efecto, la inmolación para conseguir la trasvaloración, para la creación, se sitúa en el sufrimiento, en el simpatizar, en la compasión de eso otro que debemos transformar. También es claro que debemos transformarnos nosotros mismo al vincularnos con la divinidad y la naturaleza, asunto que muestra una total destrucción de nosotros mismos para devenir en creadores de valores, de modos de ser vinculados a la naturaleza. Por consiguiente, firmes en la transformación, fuertes en el proyecto del cambio, dispuestos a contradecir, a contrariar, a luchar con todo lo putrefacto y los hedores de los establecimientos, de las esencias de las cosas que nos acerca a una historia, a un proceso falso desde la apertura del mundo.
Nosotros creadores nos vinculamos, entonces con la voluntad y la inteligencia, con la duplicidad, con el caos más positivo y creador, pues para devenir con la naturaleza, devenimos entre y en las disposiciones de lo originario que tenemos en nosotros cuando queremos y deseamos la distancia y la proximidad, a la vez, la luz y sombra de la naturaleza y el cosmos. En fin, cuando sentimos y creamos y creemos en el culto y el mito como mostración de la divinidad, de la naturaleza y del hombre dándose cuenta de este espectáculo monstruoso y bello, pero que se ‘devela’ sólo vinculándose y adentrándose en ello, descuartizándose a sí mismo para traspasar.
Bibliografía:
1.- F. Nietzsche, Así habló Zaratustra, Alianza, 1996
2.- F. Nietzsche, Más allá del bien y del mal, Folio, 1999
3.- F. Nietzsche, El origen de la tragedia , Aguilar, 1951
4.- F. Nietzsche, Crepúsculo de los Ídolos, Alianza, 1980
5.- F. Nietzsche, Humano, demasiado humano, Gradifeo, 2004
6.- S. Mas, Hölderlin y los griegos, Visor, 1999
7.- W. Otto, Dioniso: mito y culto, Siruela, 2001
8.- W. Otto, Los dioses de Grecia: la imagen de lo divino a la luz del espíritu griego, Universitaria, 1973
[1] W. Otto, Dioniso, Mito y culto, 2001, Siruela, pág. 63
[2] ibidem.
[3] Ibidem, op. Cit., pág. 141
[4] F. Nietzsche, Así habló Zaratustra I, “Los discursos de Zaratustra: De las tres transformaciones”, Alianza, 1996, pág., 13
[5] Ibidem, “De las alegrías y las pasiones”, pág., 20
[6] op. Cit., “Fundamentos para el Empédocles”, pág., 107 (St.A. 4, 1, 153) en S. Mas, Hölderlin y los griegos, II, Visor Dis, 1996, Pág., 34
[7] F. Nietzsche, Así habló Zaratustra, Alianza, 1996, pág., 26
[8] W. Otto, Dioniso, Mito y culto, 9, Siruela, 2001, págs., 80-81
[9] S. Mas, Hölderlin y los griegos, XII, Visor Dis., S.A., 1999, pág., 152-153
[10] Ibidem., 154-155
[11] Términos de Hölderlin presentes en “Fundamentos para el Empédocles” que dan sentido al ser humano y la naturaleza como lo incognoscible y lo cognoscible, lo inorgánico frente al impulso.
[12] Op. Cit., S. Mas, Hölderlin y los griegos, III, Visor, 1999, pág., del Empédocles de Hólderlin (vv. 167-170;174-179)
[13] W. Otto, Dioniso: mito y culto, 11, Siruela, 2001, págs. 102-103
[14] F. Nietzsche, Así hablo Zaratustra II, “De los virtuosos” Alianza 1996, pág., 55.
[15] F. Nietzsche, Así habló Zaratustra, II “De la superación de sí mismo”, Alianza, 1996, pág., 68.

